Excedentes

Un “espigador” de chatarra espera la descarga de un contenedor de la reforma de un establecimiento de Zara.   © Paco Freire

La mayor “virtud” de la economía capitalista es su capacidad  bicéfala de creación  y destrucción de empleo al unísono:  nunca crea empleo de forma infinita, nunca lo destruye en su totalidad.  Otra: su continua renovación en pro de lo nuevo. Aún útil, pero no lo suficiente.

Pero el mejor de los sistemas es también un volcán en erupción que expulsa de su centralidad restos de materia devengada y prescrita, así como  hombres, mujeres y niños, una fuerza humana  excedente del mercado de trabajo que consolidará  un  nuevo contingente  de mano de obra eternamente desocupada y dispuesta.

Pero gracias a que la ciudad conforma un  espacio  de oportunidades, una cadena trófica de momentos propicios, un grupo de personas, los más desafortunados,  basan su economía en llenar sus carros y  recuperar todo lo que pueden de aquello que ya no tiene más valor que su reconversión en máteria prima o una posible reutilización de emergencia.

Pero el afán normativo de nuestra ciudad, Barcelona, es extremo y  “espigar cartones, metales, ropa,  o vender en la calle  sobre una manta son actividades reguladas y  prohibidas, actividades por las que uno puede ser sancionado. También rebuscar por comida está sancionado.

Sidil Moctar  es una de esas personas que para sobrevivir eligió la venta ambulante en las calles de Barcelona. Y para defender su derecho a vivir con dignidad  -pagar la comida, la ropa, un lugar donde dormir protegido de las inclemencias del tiempo-, arrebatado por la cólera de ser continuamente perseguido, arremetió con ímpetu contra la legislación. Y por ello ha sido condenado a cinco años de prisión, intercambiable, si lo prefiere,  por la expulsión a Senegal -de donde es originario-,  con la prohibición de retornar antes de diez años.

Una condena excesiva  que causa vergüenza, más ún  en cuanto que  está basada en el  fundamento de ser colectivamente ejemplar.

 

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